Cuando quise hacer una manta diferente, empecé a buscar en internet otras formas de tejerla. Así descubrí el punto tunecino, una técnica que no conocía y que me llamó mucho la atención por la manera de trabajar y por las agujas especiales que se utilizan.
Estas agujas se parecen a las de ganchillo de siempre, pero son mucho más largas. Al principio la técnica me pareció bastante distinta, aunque después de probarla descubrí que no era tan difícil como imaginaba.
Una manta construida en diagonal
Para aprender seguí un vídeo de José Manuel, del canal Universe Crochet.
La manta se empieza con un solo cuadrado. Después se teje una línea diagonal de dos cuadrados y se continúa aumentando uno más en cada línea. Cuando se alcanza la anchura deseada, se siguen haciendo diagonales sin aumentar y, para terminar, se realiza el proceso contrario, disminuyendo hasta cerrar la última esquina.
Los cuadrados no están tejidos por separado ni cosidos después. Se van formando unos junto a otros mientras avanza el trabajo, creando poco a poco toda la manta.

Aprovechando lanas de otros proyectos
Para hacerla utilicé varias madejas de distintos colores. Algunas me habían sobrado de la primera manta que tejí y otras las fui comprando después.
No seguí una combinación de colores demasiado calculada. Fui utilizando las lanas que tenía, y eso hizo que la manta acabara teniendo un aspecto alegre y lleno de color.
El remate final
Cuando terminé la parte de punto tunecino, añadí alrededor un borde marrón con una aguja de ganchillo normal.
Para hacerlo combiné el punto bajo y el punto alto, consiguiendo así un remate que enmarca toda la manta y une visualmente los diferentes colores.
Tardé aproximadamente dos meses en terminarla.
La hice para tenerla en el sofá y poder usarla cuando duermo la siesta o para taparme mientras veo la televisión durante las noches frías de invierno. Es una manta práctica, cálida y también el recuerdo de una técnica nueva que disfruté mucho aprendiendo.