Hay momentos que dividen la vida en un antes y un después. Para nosotros, uno de ellos llegó en septiembre de 2021, cuando Key entró solo en el hospital para recoger los resultados de una biopsia y salió con una noticia que ninguno de los dos estaba preparado para escuchar: tenía un linfoma de tipo T.
Han pasado cuatro años desde su trasplante de médula y, hasta ahora, no hay rastro de la enfermedad. Hoy podemos mirar atrás y contar no solo todo lo que vivimos, sino también la fuerza, el amor y la esperanza que nos ayudaron a superarlo juntos.

El día que todo cambió
Todo comenzó a mediados de 2021. Todavía seguían vigentes muchas de las restricciones por la pandemia y era obligatorio llevar mascarilla en lugares como los centros de salud. A Key le apareció un bulto en la cabeza y decidió acudir al médico para que se lo revisaran. A la doctora no le gustó su aspecto y lo envió al hospital, donde le hicieron una biopsia.
Recuerdo perfectamente el día en que fuimos a recoger los resultados. Era principios de septiembre y al día siguiente teníamos previsto marcharnos unos días de vacaciones a Murcia. Debido a las restricciones, yo tuve que quedarme esperándolo en el coche mientras él entraba solo en el hospital.
Pasaron dos o tres horas hasta que apareció. Estaba muy nervioso, llevaba varios papeles en las manos y me dijo que tenía un linfoma de tipo T y que debía volver para hacerse más pruebas. Después volvió a entrar y yo me quedé en el coche sin comprender bien qué significaban aquellas palabras.
Empecé a buscar información en el móvil y todo lo que encontraba parecía malo. Por todas partes aparecía una palabra que me aterraba: cáncer.
Cuando regresó, comenzó a explicarme lo que le habían contado. Según le habían dicho, se trataba de un cáncer muy agresivo y las posibilidades no parecían buenas. Los dos estábamos destrozados, pero tuvimos algo claro desde el principio: era una situación que nos había tocado vivir y la afrontaríamos juntos de la manera que fuera necesaria.
Una de las cosas que más me dolió fue imaginar lo terrible que debió de ser para él recibir aquella noticia solo, sin que yo pudiera estar a su lado para escucharla y sostenerlo.

Unos días para intentar asimilarlo
Al día siguiente nos fuimos de vacaciones a Murcia, tal como teníamos previsto. Necesitábamos desconectar un poco, hablar con calma e intentar asimilar todo lo que acabábamos de escuchar y lo que podía venir después.
En aquellos primeros días decidimos no contárselo todavía a su madre. No queríamos preocuparla antes de saber exactamente a qué nos enfrentábamos. Había perdido a su marido por un cáncer y temíamos hacerla pasar otra vez por ese miedo. Además, unos años atrás había sufrido un infarto y le habían colocado dos stents, por lo que también nos preocupaba cómo pudiera afectarle una noticia tan dura.
Tal vez no fue la mejor decisión, pero en aquel momento lo hicimos pensando en protegerla mientras nosotros intentábamos entender la situación.
Cecilia y el comienzo del tratamiento
Después de las vacaciones comenzaron las visitas al Hospital de Fuenlabrada y conocimos a Cecilia, su hematóloga. Necesito mencionarla porque fue una gran profesional, se tomó el caso de Key muy en serio y siempre hemos pensado que su eficacia y su dedicación fueron muy importantes para que hoy podamos contar esta historia de esta manera.
Nos explicó que tendría que recibir varias sesiones de quimioterapia y que, al finalizar, el tratamiento culminaría con un trasplante de médula. También le recomendó que pidiera la baja laboral, aunque al principio Key decidió seguir trabajando porque todavía se encontraba bien.
Yo lo acompañaba siempre que podía. Las primeras sesiones parecía soportarlas mejor de lo que habíamos imaginado, pero poco a poco comenzaron a afectarle más y finalmente tuvo que coger la baja.
En ese momento, siguiendo también la recomendación de la doctora, decidimos contarle toda la verdad a su madre. Lógicamente, lo recibió muy mal: por la enfermedad y también porque no se lo habíamos contado antes.
Cada sesión se hacía más difícil
Las sesiones de quimioterapia se realizaban aproximadamente cada tres o cuatro semanas y, en cada una, Key podía permanecer ingresado entre tres y cinco días.
Al ser diabético tipo 1 y tener ya algunas complicaciones derivadas de la propia diabetes, los médicos decidieron que cada tratamiento se realizara con ingreso hospitalario. Además, debía permanecer aislado por el riesgo de contraer cualquier infección, algo todavía más delicado porque continuaban las restricciones por la COVID.
Con el paso del tiempo aparecieron complicaciones cada vez más duras. En una ocasión llegó a retener tanto líquido que aumentó diez kilos de peso de golpe. También necesitó transfusiones de sangre, comenzaron los vómitos y adelgazó hasta quedarse literalmente en los huesos.
A pesar de todo, nunca se quejaba. Soportó cada sesión y cada ingreso con una fortaleza que todavía hoy me impresiona. Para mí, ya entonces era un verdadero héroe.
Estar a su lado, incluso cuando no podía
Siempre que me lo permitían, iba al hospital y pasaba el día a su lado. Mi único cometido era acompañarlo, entretenerlo, animarlo y repetirle que íbamos a superarlo.
Cuando no estaba con él, permanecía pendiente del móvil por si necesitaba hablar conmigo. Por las noches dormía en su lado de la cama para sentir su olor, porque la casa se me hacía demasiado grande y me sentía muy sola sin él.
Hubo noches en las que lloré en silencio, asustada ante la posibilidad de que algo saliera mal. Pero al día siguiente me levantaba dispuesta a seguir luchando y a reunir toda la fuerza que pudiera para transmitírsela cuando volviera a verlo.
No soy religiosa, pero dentro de mí siempre hubo algo que me decía que saldríamos de aquello. Me gustaba pensar que mi abuelo, desde donde estuviera, nos ayudaba. Quizá su padre también.

El camino hacia el trasplante
Mientras avanzaba el tratamiento, el hermano de Key llamó para ofrecerse como donante de médula. Afortunadamente, finalmente no fue necesario recurrir a él, porque pudieron extraerle al propio Key sus células, tratarlas y utilizarlas después para realizarle un autotrasplante.
Hasta entonces había recibido todo el tratamiento en el Hospital de Fuenlabrada, pero el trasplante se llevaría a cabo en el Hospital Universitario 12 de Octubre.
Llegamos a esa etapa después de meses de quimioterapia, ingresos y complicaciones. Sabíamos que el trasplante era una oportunidad muy importante, pero también que todavía nos esperaba la parte más dura del camino.
El 21 de abril de 2022
El 13 de abril de 2022, a las puertas de Semana Santa, Key ingresó en el Hospital Universitario 12 de Octubre. Recuerdo bien aquella fecha porque al día siguiente era festivo y tuvo que esperar a que pasaran esos días para comenzar la última parte del tratamiento.
El lunes 18 de abril le administraron una quimioterapia especialmente agresiva, necesaria para eliminar su médula y preparar su cuerpo para el autotrasplante.
Tres días después, el 21 de abril de 2022, le realizaron el trasplante. Fue un momento lleno de incertidumbre y muy doloroso para él.
Los días posteriores fueron durísimos, incluso más que todo lo que había vivido hasta entonces. Su cuerpo estaba completamente debilitado y todavía quedaba mucho camino por recorrer antes de poder volver a casa.
Una cama llena de cromos
Durante aquellos días en el hospital, nosotros seguíamos teniendo una afición que compartíamos desde hacía tiempo: coleccionar cromos. En una de nuestras conversaciones, Key me dijo que le gustaría tener la nueva colección de cromos TOI.
Al día siguiente fui al centro comercial, compré el álbum y todos los sobres que pude. Cuando llegué al hospital, le enseñé el álbum y llené su cama de cromos.
Nunca olvidaré su cara al verse de repente rodeado de sobres. Se echó a reír y, por unos minutos, aquella habitación dejó de ser solo un lugar de dolor e incertidumbre.
Verlo sonreír de aquella manera fue uno de los momentos más bonitos de todo aquel proceso. Para mí, aquello no tuvo precio.

La recuperación en casa
En mayo pedí una excedencia de un mes en el trabajo para poder cuidarlo. Al volver a casa tenía que permanecer aislado en una habitación y solo podía entrar yo, porque sus defensas estaban muy bajas después del trasplante.
Durante todo aquel mes estuvimos prácticamente juntos en casa. Los niños ayudaban en todo lo que podían: Jony se encargaba de sacar a la perra grande y Jesús nos llevaba en coche al hospital cuando era necesario.
Key pasaba casi todo el tiempo en la habitación. Cuando se encontraba un poco mejor, hacía cuadros de pintura diamante para entretenerse y yo me sentaba a su lado con otro cuadro para que pudiéramos compartir ese rato. También poníamos el portátil y veíamos series juntos.
Estaba tan debilitado que apenas podía andar. Cuando tenía que ir al baño o, más adelante, cuando ya pudo salir un poco al salón y estar con las perras, caminaba apoyándose en mis hombros para no caerse.
Poco a poco fue recuperando fuerzas, aunque todavía quedaba un largo camino por delante.

La primera revisión y una espera interminable
Recuerdo especialmente la primera revisión en el Hospital Universitario 12 de Octubre después del trasplante. Jesús nos llevó en coche y, durante la consulta, comprobaron que Key tenía una subida muy importante de azúcar.
Decidieron dejarlo ingresado en un box hasta que consiguieran regularla. Jesús y yo nos quedamos en la sala de espera durante horas, sin saber apenas nada y pendientes de que por fin nos dijeran que podía volver a casa.
Creo que pasamos allí unas siete u ocho horas, sin comer y con los nervios acumulados de tantos meses. Fue otro de esos días en los que la espera parecía no terminar nunca.
Poco después llegó una noticia que necesitábamos escuchar: el trasplante había salido bien. Aun así, nos explicaron que tendrían que pasar cinco años para poder considerar que estaba completamente fuera de peligro.
Aprender a vivir después del trasplante
La recuperación fue lenta. Key tardó varios meses en volver a tener fuerzas y, durante un año, tuvo que recibir de nuevo muchas de las vacunas que nos ponen desde que nacemos, porque el trasplante había dejado sus defensas prácticamente desde cero.
Poco a poco fue recuperando su vida, aunque ninguno de los dos volvió a mirar las cosas de la misma manera.
Después de todo lo vivido, muchas de las cosas que antes parecían importantes dejaron de serlo. Aprendimos a disfrutar más de nuestro tiempo, a vivir como queremos y a dar menos importancia a lo que puedan pensar los demás.
La enfermedad nos cambió, pero también nos enseñó a valorar lo cotidiano de una forma mucho más profunda.
Cuatro años después
El 21 de abril de 2026 se cumplieron cuatro años desde el trasplante. Desde entonces, cada 21 de abril lo celebramos como una especie de nuevo cumpleaños: el día en que nació un nuevo héroe.
A día de hoy, Key se encuentra bien, está animado y solo necesita una revisión al año. Hasta ahora no ha vuelto a aparecer ningún rastro de la enfermedad y, si todo continúa igual, el próximo año llegará la última revisión de esos cinco años de vigilancia.
Además, está a punto de terminar un máster en inteligencia artificial, algo que demuestra las ganas que tiene de seguir aprendiendo, avanzando y disfrutando de la vida.
Cuando recuerdo al hombre que salió nervioso del hospital en septiembre de 2021, solo puedo decirle una cosa: eres muy valiente y te admiro profundamente.
Para mí, Key es un héroe. No porque no tuviera miedo, sino porque siguió adelante incluso en los momentos más duros y consiguió vencer al cáncer.