Mi interés por el crochet nació, sobre todo, al descubrir los granny squares. Esta técnica me recordaba mucho al patchwork, porque en ambas se crean pequeñas piezas modulares que después se unen para formar un trabajo más grande y colorido.
También me llamaban mucho la atención los amigurumis. Pensé que la mejor forma de llegar a hacerlos algún día era empezar desde lo más básico, aprender a manejar el ganchillo y coger soltura con los distintos puntos.
Mi primera manta de granny squares
Como había hecho con otras aficiones, busqué tutoriales en YouTube para aprender. Mi primer proyecto fue una manta de granny squares.
Podría haber empezado con algo más pequeño, pero una manta me parecía una forma muy eficaz de practicar. Al tener que repetir el mismo tipo de cuadrado muchas veces, podía aprender los movimientos y mejorar poco a poco.
Al principio me costó un poco de todo: sujetar bien el ganchillo, mantener una tensión regular y comenzar cada granny square. Los cambios de color también me resultaban complicados.
Sin embargo, después de unos pocos días empecé a coger soltura. Hacer cuadrados se convirtió casi en una adicción: terminaba uno y enseguida quería comenzar el siguiente.
Cuando finalmente los vi unidos y convertidos en una manta completa, sentí una gran satisfacción y mucho orgullo por haber sido capaz de hacerla.

Aprender otros puntos
Los granny squares se realizan normalmente con punto alto, también llamado vareta, pero los amigurumis suelen tejerse con punto bajo para conseguir un tejido más cerrado y evitar que se vea el relleno.
Por eso, antes de intentar hacer uno, realicé otros proyectos para practicar diferentes puntos y aprender a dar forma al tejido.
Uno de ellos fueron unos calcetines. Me costaron un poco, especialmente al principio, pero no me resultaron demasiado difíciles y me ayudaron a seguir mejorando.
Mi primer amigurumi
Mi primer amigurumi fue una medusa de crochet. Jesús me regaló un kit con mucha ilusión y aquello fue el empujón que necesitaba para atreverme a hacerlo.
En la caja había un código QR que dirigía a un vídeo con las instrucciones. Lo que más me costó fue seguir correctamente todos los pasos y entender cómo se iba formando cada parte.
Quería terminarlo también porque no deseaba que Jesús sintiera que su regalo iba a quedarse sin hacer. Cuando conseguí completar la medusa me sentí muy contenta y decidí regalársela a él.

Una afición para las tardes de invierno
El crochet también me ayuda a desconectar. Durante el invierno me gusta sentarme en el sofá y tejer mientras veo la televisión por las tardes.
En verano, sin embargo, apenas lo practico. Me sudan mucho las manos y eso hace que me resulte más difícil manejar la lana y trabajar cómodamente con el ganchillo.
Aunque me gusta mucho esta afición, a veces me cuesta encontrar proyectos que realmente me atraigan y que no estén relacionados con hacer ropa.
En una ocasión intenté tejer una prenda para Yuna, una labradora, pero el resultado no fue el esperado porque le quedó demasiado ajustada. El problema estuvo en las medidas, así que fue otra de esas experiencias que enseñan que no todos los proyectos salen bien a la primera.
En el futuro me gustaría aprender a hacer ropa para mi otra perrita, Kitty, una yorkshire, y encontrar nuevos proyectos que me animen a seguir practicando.
El crochet empezó por mi curiosidad hacia los granny squares y por mis ganas de hacer amigurumis. Con el tiempo se ha convertido en otra de esas aficiones que me permiten crear, aprender y disfrutar de momentos tranquilos en mi rincón creativo.
