Un baúl olvidado: mi primera novela

Hoy quiero presentaros Un baúl olvidado, mi primera novela y un proyecto muy especial para mí. La he publicado con mi nombre, Maribel de la Torre, y ya está disponible en Amazon en tapa blanda y en formato Kindle.

Sinopsis

A los ochenta y dos años, Alejandra acaba de perder a su marido. Agotada tras el velatorio, se refugia en el desván de su casa y abre un viejo baúl de madera que llevaba mucho tiempo cerrado. Dentro no solo encuentra objetos, sino los fragmentos de una vida entera.

La muñeca de trapo de aquel verano de 1936. El gorro militar de su tío. El lazo azul de los domingos. La fotografía en blanco y negro de su hermano. Cada hallazgo la devuelve a la infancia, a la guerra, a la posguerra, al amor, a las pérdidas y a la memoria de todo lo que el tiempo no consiguió borrar.

Con una prosa íntima, emotiva y profundamente humana, Un baúl olvidado es una novela sobre la memoria familiar, los silencios heredados y la dignidad de quienes siguieron adelante cuando vivir ya era una forma de resistencia.

Porque, a veces, solo los recuerdos saben decir la verdad entera de una vida.

Lee cómo comienza

Aquella tarde de enero de 2013, Madrid se iba quedando sin luz con esa lentitud gris de los días de invierno. En el barrio madrileño de Tetuán, el frío se pegaba a los portales y a las aceras húmedas, y en los balcones aún colgaban algunas guirnaldas apagadas de la Navidad, movidas apenas por un aire cansado. En la calle olía a lluvia vieja, a café y a comida recién hecha. El barrio, a esa hora, parecía hablar en voz baja.

En una de aquellas calles se alzaba la casa de los Hernández, de ladrillo rojizo y contraventanas azules, envejecida con dignidad entre edificios más nuevos y comercios cambiantes. Llevaba allí más de medio siglo, resistiendo humedades, veranos duros, obras interminables y la lenta transformación del barrio. La madera de la puerta conservaba el desgaste de tantas manos, y el pomo, liso y brillante, había sido tocado durante años por los mismos gestos familiares. Aquella tarde, una cinta negra anudada en él anunciaba el duelo.

Dentro, la casa estaba llena de murmullos y pasos contenidos. En el pasillo se mezclaban el olor de las flores con el del café recién servido, y las paredes, cubiertas de retratos y estampas antiguas, parecían guardar silencio con los demás. Había algo solemne en el aire, pero no pomposo: la gravedad sencilla de una casa donde se despedía una vida.

En el salón reposaba Antonio. Habían cumplido su voluntad de velarlo en casa unas horas antes del entierro, porque él siempre había dicho que no quería pasar su última noche en un lugar extraño. El ataúd, de madera clara, ocupaba el centro de la estancia. A su alrededor ardían cuatro velas altas cuya luz temblorosa se reflejaba en el barniz de los muebles y en los cristales de los cuadros. Entre las manos del difunto descansaba un ramo de claveles blancos.

Alejandra estaba sentada junto al féretro, en un sillón antiguo que había pertenecido a su madre. Llevaba un vestido negro, sencillo, y una fina esclava dorada le brillaba en la muñeca cada vez que movía la mano. El cabello, completamente blanco, recogido en un moño bajo, dejaba al descubierto la delicadeza cansada de su rostro. En sus ojos había una quietud honda, la de quien ha amado mucho y ha sobrevivido a casi todo.

Sostenía una taza de tila que se había enfriado hacía rato. La sujetaba por costumbre, no por deseo. Frente a ella, sobre el aparador y las mesitas auxiliares, se alineaban las fotografías de una vida entera. En una, Antonio aparecía joven, con el cabello oscuro y una sonrisa franca. En otra, sus tres hijos —Enrique, Carmen y Teresa— posaban junto a una fuente del Retiro, todavía muchachos, cuando el tiempo parecía más generoso. Más allá, en fotos más recientes, nietos y bisnietos sonreían en comuniones, bodas y cumpleaños.

Pero la imagen que más se le clavaba era la del estudio, tomada en 1952, poco después de la boda. Ella estaba erguida, luminosa, con el vestido blanco; él, a su lado, la miraba con una mezcla de ternura y asombro que el paso de los años no había conseguido borrar de su memoria. Esa misma mirada la había acompañado en los días buenos y en los malos, en las casas compartidas, en los viajes, en los silencios, en las flores que Antonio seguía llevándole de vez en cuando, incluso de viejo, como si el amor también necesitara gestos para seguir respirando. En el aparador quedaba aún el último ramo de rosas rojas, ya marchito.

A su lado estaba Mercedes, su hermana mayor. Llevaba un vestido oscuro y sostenía el bastón entre las rodillas. El rostro, sereno y vencido a la vez, tenía la expresión de quien ya había aprendido que el dolor no siempre hace ruido. No hablaba mucho. A veces le bastaba con rozarle la mano a Alejandra para recordarle que seguía allí.

Los hijos velaban a su padre en silencio. Enrique, el mayor, permanecía en pie, recto, pendiente de todos, intentando sostener la casa con la sola fuerza de su presencia. Carmen iba y venía entre la cocina y el salón, acercando café, recogiendo abrigos, respondiendo en voz baja a las vecinas. Teresa, la menor, no se apartaba demasiado del féretro; tenía los ojos hinchados y un gesto de incredulidad que, por momentos, la devolvía a la niña que había sido.

En un rincón, los nietos hablaban entre susurros. El mayor, un muchacho de diecisiete años, miraba a su abuelo con una mezcla de pena y desconcierto, como si aquella tarde hubiera comprendido de pronto que también los mayores se terminan. Los bisnietos, demasiado pequeños para entender del todo lo que ocurría, se movían despacio, obedeciendo las voces bajas de sus madres.

—Mamá, ¿por qué el abuelo no se mueve? —preguntó el más pequeño.

—Porque está descansando, cariño —le respondió su madre, acariciándole el pelo—. Déjale tranquilo.

Las vecinas habían pasado la tarde entrando y saliendo con termos de café, bandejas de pastas y mantas por si refrescaba más al caer la noche. Paquita, la de al lado, se movía por la casa con esa naturalidad antigua de quien ha entrado en ella toda la vida.

—Tome, Alejandra, aunque sea un sorbito —dijo, acercándole una taza humeante—. Le va a sentar bien.

Alejandra alzó los ojos hacia ella y esbozó una sonrisa fatigada.

—Gracias, Paquita. Luego, quizá.

Entonces miró el reloj de cuco de la pared. Marcaba las seis y media. El péndulo seguía moviéndose con una regularidad testaruda, ajeno al dolor de la casa. Su padre lo había reparado muchos años atrás y solía decir que una casa sin reloj era una casa sin pulso. El cuco cantó con su voz metálica, y ese sonido, tan conocido, le atravesó el pecho.

Fue entonces cuando recordó el reloj de bolsillo.

Lo vio con una claridad repentina: la caja de plata, la tapa grabada, el peso pequeño y firme en la palma de Antonio. Aquel reloj había sido de su suegro y Antonio lo guardaba como si en él latiera algo más que la hora. Lo llevaba en bodas, en bautizos, en Navidad, en los días que consideraba importantes. Lo sacaba del bolsillo, lo abría con un gesto cuidadoso y sonreía como si hablara con un viejo amigo.

—Este reloj ha medido los días más importantes de mi vida —decía siempre.

Alejandra sintió un estremecimiento. Antonio no podía irse sin él.

Dejó la taza sobre la mesa y se incorporó despacio, apoyándose en el brazo del sillón. Mercedes volvió la cabeza.

—¿Dónde vas, hermana?

—Al desván —susurró Alejandra—. Voy a traer el reloj de Antonio.

Mercedes frunció el ceño.

—Déjalo. Que vaya Enrique.

Pero Alejandra negó con la cabeza. En sus ojos había una resolución tan antigua como su cansancio.

Enrique se acercó enseguida.

—Mamá, dime dónde está y subo yo.

—No, hijo. Sé dónde lo guardé.

—Estás muy cansada.

—Déjame hacerlo a mí.

No alzó la voz. No hizo falta. Carmen se secó los ojos con un pañuelo; Teresa miró a su madre y luego a Mercedes, como buscando apoyo. Pero Mercedes, tras unos segundos, asintió en silencio. Entendía demasiado bien esa necesidad. Había cosas que una mujer debía hacer por sí misma, aunque le dolieran los huesos.

Alejandra avanzó hacia el pasillo. Sus pasos sonaron apagados sobre la alfombra. Al poner la mano en la barandilla de madera, sintió el frío liso del pasamanos y una debilidad breve en las rodillas. Subió despacio. No con serenidad perfecta, sino con el esfuerzo digno de sus ochenta y dos años. El cuerpo le pesaba, sí, pero la voluntad seguía yendo por delante.

El piso superior olía a polvo y a madera cerrada. Hacía mucho tiempo que no subía hasta allí sola. Mientras avanzaba, con una mano pegada a la pared, le vinieron de golpe escenas antiguas: Antonio esperándola al pie de la escalera con una rosa en la mano; los niños corriendo por el pasillo en verano; las puertas abiertas, la radio sonando al fondo, las risas rebotando contra las paredes.

Al llegar al rellano, se detuvo un momento. Desde allí podía ver parte del salón: la luz de las velas, las cabezas inclinadas, el ataúd en el centro, la quietud de los que rezaban sin apenas mover los labios. Todo cabía en ese encuadre: la vida compartida, los años, los hijos, la pérdida.

Tomó aire y siguió hacia el segundo tramo, el que llevaba al desván. Allí la luz era más pobre y el frío más limpio. Una bombilla desnuda parpadeaba al fondo del pasillo. Bajo sus pies, la madera crujía con ese sonido seco de las casas viejas. El olor cambió: polvo, alcanfor, tela guardada, cosas que habían pasado años sin moverse.

Al subir el último peldaño, Alejandra se quedó quieta. El silencio era casi completo. Abajo, las voces llegaban ya muy amortiguadas, como si procedieran de otra casa. Delante de ella estaba la puerta del desván, con la madera oscurecida por el tiempo y el picaporte de hierro gastado. Cuántas veces había pasado por allí sin entrar. Cuántas veces había pensado en abrirla y había seguido de largo.

Apoyó una mano en la pared y cerró los ojos un instante. El corazón le latía deprisa, no de miedo, sino de conciencia. Sabía que iba a buscar un reloj, sí, pero sabía también que no subiría solo a eso. En aquel cuarto dormían demasiadas cosas: cajas, ropas, retratos, juguetes, restos de una vida entera que llevaba años sin pedir nada y que, aun así, seguía esperando.

Desde abajo volvió a oírse el cuco.

Alejandra abrió los ojos y sonrió apenas.

—Ya voy, Antonio.

Caminó los últimos pasos hasta la puerta. La luz del atardecer se filtraba por una rendija y dibujaba una línea pálida en el suelo. Su sombra, alargada, llegó antes que ella. Alargó la mano. El hierro del picaporte estaba helado.

No tembló.

Giró despacio la muñeca y la bisagra respondió con un chirrido leve, cansado, como si aquella puerta también llevara años aguardando ese momento. El aire del interior empezó a salir poco a poco, cargado de polvo, de madera vieja y de memoria.

Alejandra la abrió apenas unos centímetros y se detuvo.

Se quedó inmóvil, con la mano aún en el picaporte y la mirada fija en la oscuridad que la esperaba al otro lado. Detrás, la casa seguía respirando en voz baja. Delante, el pasado aguardaba.

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